Reflujo gastroesofágico en los bebés
El reflujo gastroesofágico es la vuelta a la boca de alimento contenido en el estómago o el ésófago después de que el bebé haya comido o de que le hayan movido mucho. Afecta a la mitad de los niños menores de tres meses y en la mayoría de los casos se resuelve sin tratamiento. También puedes leer el artículo: cambios digestivos del recién nacido.
Causas
Está provocado por la inmadurez de un esfínter que une el esófago y el estómago. Este no se cierra bien, y el alimento ingerido regresa (reflujo) hacia el esófago y la boca.
Síntomatología
Cuando la cantidad expulsada es escasa, poco frecuente y se acompaña de un eructo se trata de una simple regurgitación y no debe preocuparnos, ya que se resuelve espontáneamente a medida que el niño crece. Pero si las regurgitaciones son habituales y abundantes, pueden repercutir en el crecimiento del . Además, el ácido producido en el estómago puede llegar a irritar la mucosa del esófago e incluso de la laringe, provocando que el niño rechace el alimento y en ocasiones presente afonía.
Así pues, los síntomas más frecuentes, pueden resumirse en los siguientes: eructos, irritabilidad durante la comida, negarse a comer, tos frecuente, atragantamiento e hipo.
Tratamiento
Poner en marcha unos hábitos sencillos favorece la desaparición de las regurgitaciones. Es conveniente no mover al bebé demasiado después de las tomas, acostarle boca arriba con la cabecita más alta que el resto del cuerpo poniendo unas alzas bajo las patas delanteras de la cuna, no tumbarle inmediatamente después de las comidas y vigilar que durante la toma no ingiera demasiado aire. Si toma biberón, el pediatra puede recomendar una leche de antirreflujo, que contiene agentes espesantes para que se retenga mejor en el estómago y fármacos que facilitan el vaciamiento gástrico.
Sólo en casos más graves, y afortunadamente poco frecuentes, se recurre a la cirugía, como cuando existe una irritación intensa en el esófago (esofagitis) o si el bebé tiene una hernia de hiato.
El reflujo suele mejorar cuando el niño empieza a tomar alimentos sólidos, hasta desaparecer.
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