Maleducando para el éxito
Siempre he actuado como si creyera que la honradez a la larga tiene su recompensa, que hay que sembrar para luego recoger, y que cuando se trabaja en equipo, 1 + 1 suman tres. Y así me luce el pelo…
He intentado cambiar varias veces (bien por ambición, bien por supervivencia) pero no me sale, son vicios arraigados durante décadas. Ahora bien, con mis hijos puedo corregir y enseñarles desde pequeños a defenderse en la vida real.
Que aprendan que para conseguir el éxito lo importante no es sembrar, sino recoger lo que siembran otros, porque si no pisas te pisan; que cuando das la mano te cogen el brazo, que si uno no quiere, dos no colaboran; que a nadie le interesan los perdedores y que “tú miente, que algo queda”. Que lo importante son los contactos, no los amigos; que no es más rico el que más tiene, sino el que peor paga, que el que no corre vuela, y que maricón el último.
Mi propósito es arraigarles desde pequeños principios realmente útiles, para que su supervivencia no se vea lastrada por remilgos ni ideales absurdos que sólo sirven para justificar fracasos. Y para que duerman tranquilos, porque duerme peor el que tiene la conciencia limpia, que el que no tiene conciencia.
Pero maleducar bien no es fácil, porque a la mínima caigo en la tentación de decirles que compartan, que respeten a los demás, que no se peleen, que sean responsables de sus errores y otras tonterías. Y lo que es peor, sufro de incontrolables accesos de mimos que no hacen más que ablandar su carácter. A veces me doy cuenta sobre la marcha y pienso “vaya, he vuelto a hacerlo, pobres niños”.
En fin, creo que no tengo remedio y que mis hijos son víctimas inocentes de mi debilidad. Será porque en el fondo pienso que tomarse la vida como una competición es muy estresante. Es difícil disfrutar si estás permanentemente en alerta, sin descanso. Y probablemente las victorias no se saborean con gusto, y las derrotas no se encajan con resignación.
Así que niños, esto es lo que hay.
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