El aseo del bebé

2 de abril de 2007 por

El aseo del bebé

La higiene del recién nacido exige mucha atención al principio. El niño es muy chiquitín (¡nos parece tan frágil!) y su piel es también más delicada. A los padres primerizos les asaltan muchas dudas relacionadas con su limpieza.

¿Cada cuánto hay que cambiarle el pañal? ¿Es inexcusable bañarle cada día? ¿Cómo limpiarle los oídos? ¿Y los genitales? Vamos a revisar punto por punto todas las necesidades higiénicas de sus primeras semanas.

Que esté confortable es lo primero
Los bebés suelen gastar entre ocho y doce pañales diarios (esta cantidad no siempre es fija, puede variar mucho de un niño a otro o de un día a otro). En general, es aconsejable cambiar al pequeño antes de acostarle, tras las tomas, al levantarle de la cunita y siempre que creamos que tiene el culito mojado o se encuentra incómodo. Cuando llegue el verano y haga más calor, el sudor puede requerir que las mudas sean más frecuentes.

¿Y si se queda dormido y sospechamos que acaba de ensuciar el pañal? La tentación de no cambiarle resulta contraproducente. Debe hacerse de inmediato porque su piel es muy sensible, sobre todo en contacto con las heces, y pueden aparecer irritaciones. Si procedemos con cuidado no se despabilará del todo y, al sentirse confortable y sequito, es probable que no tarde en coger de nuevo el sueño.

Las deposiciones se eliminan con toallitas húmedas especiales para bebés o con una gasa ligeramente humedecida en agua templada y jabón. Si usamos las toallitas, a veces será necesario retirar los últimos restos enjabonando los genitales con una esponja mojada con agua (dedicada en exclusiva a esta zona), que lavaremos bien antes y después de cada uso y renovaremos con mucha frecuencia.

Con más atención en las zonas delicadas

Para limpiarle por detrás, cogemos al chiquitín por los tobillos y le levantamos un instante el culito. En los varones, el pene y los testículos se limpian siempre de arriba abajo (para evitar que entren gérmenes por la uretra) e insistiendo en los pliegues. A continuación, secamos el área a conciencia con una toalla suave.

Con las niñas, retiramos las heces de delante atrás, para no introducir gérmenes del ano en la vagina. Luego pasamos otra toallita húmeda por el abdomen, muslos y nalgas, usando la esponja enjabonada si hace falta.

Al final del aseo es mejor que les dejemos patalear un rato antes de ponerles el pañal. Si la piel está irritada, podemos extender un poco de pomada infantil (evitando que se deslice en los labios de la vagina o dentro del pene). Salvo indicación expresa del pediatra, no debemos nunca aplicar cremas con corticoides.

Los polvos de talco tampoco son recomendables porque pueden dificultar la curación de eritemas (inflamación y enrojecimiento de la piel). Además, al agitar el bote, una parte del producto queda flotando en el aire y existe el riesgo de que el niño lo inhale.

El ombligo se limpia con una gasa humedecida en alcohol rebajado al 70 por ciento (se vende así en las farmacias). Una vez seca la zona, se tapa con otra gasa esterilizada o con un apósito. Aunque no se le haya caído la pinza, podemos bañarle sin problemas.
En cuanto a las orejitas, sólo debemos limpiar el exterior. Pasaremos una toallita húmeda por detrás y por los pliegues externos sin introducir bastoncillos dentro del oído, ya que podemos perforar el tímpano.

Al principio, algunos bebés protestan a la hora del baño, pero en unos días disfrutan del agua calentita. Durante las primeras semanas, es mejor que el baño no dure demasiado; con tres o cuatro minutos suele ser suficiente. Si vemos que el chiquitín se encuentra a gusto, podemos alargarlo unos minutos más, aunque siempre vigilando que el agua no se enfríe (debe añadirse ya mezclada: caliente y fría).

Durante las primeras semanas de vida el baño no debería durar demasiado: con tres o cuatro minutos suele ser suficiente

Las condiciones que ha de reunir el baño

Si nuestro hijo es de los que se espabilan después del remojón, las primeras horas de la mañana serán las ideales para él. Al contrario, si observamos que el agua le ayuda a conciliar el sueño, es preferible esperar al final del día. Eso sí, nunca debemos hacerlo después de las tomas. Establecer una rutina en su vida (comida, higiene, sueño, juego…) le ayuda a sentirse protegido, y el baño también ha de formar parte de ella.
La temperatura del agua debe oscilar entre 35 y 37 grados; y la del cuarto, entre 22 y 25. Antes de sumergir al bebé, podemos introducir el codo o emplear un termómetro de baño (más preciso).

Comprobemos que tenemos a mano todos los utensilios necesarios antes de empezar. Es preferible usar geles neutros (al principio, basta con lavar su cabecita sólo con agua). Las colonias tampoco son recomendables. Sí podemos extender unas gotas de aceite infantil sobre su piel o echarlas en la bañera.

Al sacarle hay que secarle y vestirle con rapidez porque, aunque haga calor, podría enfriarse. Nada más salir de la bañera, lo envolvemos en una toalla y, a continuación, quitamos la humedad de su cabello con otra más pequeña. Hay que prestar especial atención a las ingles, axilas, los pliegues…

Lo que nunca debemos olvidar es aprovechar esos ratitos de aseo y cambio de pañal para jugar con él y darle mimitos. Necesita saber que le queremos, y el lenguaje de las caricias no tiene secretos para ningún bebé; todos saben al dedillo el cariño que con ellas les transmitimos.

Temas: Bebés, Salud del bebé

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